Re-volver el cole

Ahora que los colegios se preparan para abrir sus puertas, ahora que queda tan poco para recibir a los alumnos, me pregunto cuántos de ellos han aprovechado estos dos meses para hacer limpieza, para crear el nido y re-crear la oportunidad de acogida de un nuevo comienzo.

Dos meses. Eso es todo lo que los colegios tienen al año para ejecutar cualquier cambio, cualquier alteración del lugar en el que habrán de desarrollarse, a diario y durante diez meses, los conocimientos, habilidades, destrezas y emociones de nuestros niños… Si en julio y agosto han cerrado por vacaciones, como es lo habitual, justo habrá dado tiempo para algunos arreglos y reparaciones, pero los niños volverán sí o sí exactamente a las mismas aulas una y otra vez durante los quince años que su escolarización les exige.

Los espacios determinan la capacidad de acción. Un teatro, un estadio de fútbol o una celda condicionan no sólo el qué hacer sino también el cómo lo hacemos así como la relación que establecemos con la propia actividad y con nuestro entorno.

Las férreas normas que hay que cumplir para que se certifiquen los planos de un colegio en nuestro país conducen inexorablemente a la creación de espacios rígidos, clonados. En su continente, las modernas escuelas españolas públicas o concertadas tienen poco margen de maniobra para proponer arquitecturas cambiantes o, a la luz de los recientes estudios publicados, tan positivamente inestables. Y así lo transfieren también a su contenido, donde nada se ha movido desde hace apenas un siglo: horarios, duración de las clases, introducción de las pausas para el recreo o la comida, distribución del aula, exposición de los trabajos murales en los pasillos, ubicación del profesor durante la clase, de la pizarra… y así hasta donde uno quiera llegar.

Tan lejos como uno quiera, porque este mismo esquema se reproduce como un inquietante deja vu en países con culturas, tradiciones y formas de pensar completamente opuestas. ¿Por qué? Si los investigadores sobre los mecanismos del aprendizaje están en lo cierto sólo puede ser para anular el mecanismo aprendiz de nuestros niños y adolescentes. De este modo se facilita la entrada a su alter ego más perverso, el adoctrinamiento.

Septiembre es el mes en el que tradicionalmente se desvelaba a qué alumnos les tocaría repetir curso. Nuestro modelo de educación vive un eterno septiembre del que no mostramos intención de escapar mientras aceptamos que en julio y agosto los colegios sigan cerrados por vacaciones ¿No sería mejor que en vez de volver al cole empezáramos entre todos a plantearnos cómo darle la vuelta por completo al modelo de cole? De este modo, introduciendo la posibilidad de que ocurra lo inesperado, lo inestable, podremos potenciar el sentido y el valor de los espacios de aprendizaje.

La verdad es que mientras escribo estas líneas tampoco se me escapa el triste paralelismo entre los debates educativos con los que se distrae a nuestra sociedad y esa interminable “operación retorno” que también entristece sólo de oírla. Hemos conseguido que adultos y niños compartan el mismo desencanto al concluir su período de libertad bajo palabra y volver a la rutina. Pensándolo bien y después de todo, quizás no sea tan descabellado re-volver el cole, y animar a que sean los propios niños los que pongan las cosas en su lugar, como ellos quieran y necesiten (al fin y al cabo es lo que hacemos cuando, después de jugar les decimos que ordenen la habitación); que sean ellos los que pongan orden, encuentren soluciones, y preparen el aula para la próxima actividad.

Con esto no estoy sugiriendo ni mucho menos (me temo que salten voces en ese sentido) que haya que plegar el modelo educativo al entretenimiento. No es eso, sino todo lo contrario, precisamente: estimular las ganas de aprender recreándonos en los espacios y las posibilidades en los usos de los mismos para así tener alumnos más y mejor dispuestos, atentos e implicados. No es una tarea que le corresponda en exclusiva al profesor en la preparación de su clase sino que se necesita una vez más el diálogo entre todo tipo de creadores, pedagogos, técnicos y niños.

El propio entorno físico también genera aprendizajes, y al transformarlo, despertamos inevitablemente la necesidad de plantearnos para qué lo hacemos y qué queremos conseguir. Solamente por eso, por la oportunidad de preguntarnos “para qué educamos”, merecería la pena revolver un poco el cole.

By | 2018-09-17T11:22:40+00:00 septiembre 17th, 2018|Linkedin|

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar