¿Preparamos o pre-paramos?

Hasta hace relativamente poco tiempo se podía distinguir a simple vista cuál era el oficio de cada uno de nosotros. Según fueras delineante, publicista, compositor de música o vendedor de seguros tus herramientas de trabajo, específicamente diseñadas para tus necesidades, te delataban. Al entrenamiento para el manejo de esas herramientas, además, dedicábamos una buena parte de nuestra formación, y lo llamábamos aprender el oficio. Incluso dentro de una misma empresa cada departamento se veía, sonaba y hasta olía de manera inconfundible.

Hoy ese ejercicio de agudeza visual requiere dotes casi adivinatorias. Ante la pantalla del ordenador se despliegan pentagramas, planos, organigramas, diseños, catálogos… hasta el punto de que ni siquiera tenemos que estar sujetos ya a un espacio fijo dentro de un edificio. El portátil traslada todo lo que necesitemos para nuestro trabajo tan lejos como decidamos estar, ya sea en nuestra propia casa o en el otro extremo del planeta.

En la práctica, al cambiar las herramientas hemos transformado también el orden en el que realizamos las tareas; la forma de relacionamos con los demás elementos de nuestro entorno laboral; o el valor que le damos a cualidades “analógicas”, como la búsqueda de documentación o la facilidad para el cálculo; en definitiva, en apenas un par de décadas hemos desarrollado habilidades que no dependen del oficio en sí, sino de las condiciones de esta nueva dimensión en la que trabajamos.

Las nuevas habilidades que aparecen resumidas en el gráfico adjunto (fuente: El Economista) van dejando de ser un mérito para convertirse en exigencia. Prepararse para este mundo laboral, que ya no es nuevo, debiera incorporar necesariamente el aprendizaje práctico de todas ellas, ya que no se trata de conocimientos que se puedan asimilar sólo en la teoría. En muchas empresas ya lo tienen en cuenta. Por eso la pregunta inevitable que nos deberíamos hacer es por qué el modelo educativo al que confiamos a los niños, a nuestros profesionales del futuro, continúa sin responder a ellas. ¿Por qué negamos a nuestros hijos la posibilidad de recibir el aprendizaje que nosotros mismos estamos adquiriendo? Precisamente a ellos, que son los que más lo necesitarán.

El formato de enseñanza actual es prácticamente el opuesto al que serviría al alumno para adquirir ese paquete de habilidades básicas. Sir Ken Robinson lo deja muy claro: creatividad, comunicación, pensamiento crítico y colaboración. En líneas generales todos los expertos coinciden en que habría que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida, entre las que cobran especial importancia todas aquellas que están relacionadas con las que tengan que ver con el cambio que será – es – una constante en nuestras vidas.

Si entramos en un aula de hoy, septiembre de 2018, primera semana del curso escolar, veremos chicos separados por su fecha de nacimiento, alineados para mirar hacia el frente, donde un único adulto tiene la autoridad de decirles lo que es correcto -siguiendo un libro de texto homologado- y penalizarles por cualquier otra respuesta, considerada como fallo, como equivocación. El entrenamiento de las habilidades necesarias no ya para su mundo de mañana sino para el nuestro de ahora mismo, está tan alejado de las aulas de la actual población escolar como lo estuvo de las nuestras, sólo que ellos no tendrán la oportunidad de aprenderlas sobre la marcha, como hemos hecho nosotros. Más aún, ese retraso respecto a las demandas de su futura realidad todavía se verá agravado por la rapidez con la que los sistemas educativos de otros países sí las están incorporando.

Podemos seguir disimulando y pensando que cada año salen al mercado laboral nuevas promociones de las generaciones mejor preparadas de la historia. Podemos lamentarnos de que no encuentren un puesto adecuado a su excelente formación. Pero yo me pregunto si podemos llamar “preparación” a lo que no te capacita para lo que te vas a encontrar; si en vez de prepararles no estaremos contribuyendo a pre-pararles.

Es muy posible que al 2020 ya no lleguemos en las condiciones que nos gustaría, pero el 2030 es un horizonte muy cercano que podemos ayudar a definir desde ya mismo. Tal vez así cuando los niños que entran ahora a su primer día de cole lleguen al último, sí estén preparados para tomar el control de su vida y podamos mirarnos a los ojos y felicitarnos por haber contribuido a conseguir la generación mejor preparada de SU historia.

By | 2018-09-17T11:21:53+00:00 septiembre 17th, 2018|Linkedin|

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