La maría

La educación es la “maría” de las tareas de gobierno. Cuesta entender, si no, que al ministro de Educación le corresponda ser el portavoz del consejo de ministros una vez sí y otra también. Antes me sorprendía – ahora me molesta – que se asuma con naturalidad que un ministro de Economía o Defensa no pueda ni deba atribuírsele más labor que la encomendada mientras que al de Educación se le endilga, supongo que para completar su “tiempo libre“, la misión de pregonar y argumentar ante los medios los dimes y diretes del partido gobernante. Teniendo en cuenta que en raras ocasiones el ministro de Educación es un pedagogo me resisto a creer que haya una intención didáctica en esa preferencia por subirlo al estrado. Así lo han hecho los de un partido y los del contrario, el PP antes y el PSOE ahora, lo que al menos demuestra que hay consensos posibles.

Se podría pensar que el hervidero de controversia que preside este país y los continuos “bolos” del ministro portavoz no son ajenos al inmovilismo de nuestro sistema educativo, pero me temo más bien que esta reiterada designación no sea causa de nada sino consecuencia de la falta de objetivos concretos de una cartera que aguarda una reestructuración aún mayor que aquella “reconversión industrial” de hace tres décadas.

Esta previsión no es aventurada. En cualquier conversación o debate que se precie (da igual si es sobre nacionalismos, abusos, inmigración, o sexismo), no tarda en aparecer la coletillade “esto se arregla con educación” o “de esto se debería de ocupar la educación”. Casi todo lo que parecen ser asuntos de Estado se resolvería aparentemente con esa educación de la que tanto se espera y a la que tanto se espera. Mientras, nos comportamos como si nuestra voluntad estuviera secuestrada en pleno síndrome de indefensión aprendida, tras haber asimilado (como cantaba Alaska) que da igual, que a nadie le importa y que, se diga lo que se diga, nada cambiará.

¿A qué se dedica el Ministerio de Educación a lo largo del año? A tenor de las últimas decisiones, “tan controvertidas”, su misión es decidir si la asignatura de religión será o no será, si los presupuestos se vigilan por arriba o por abajo, y si habrá una comisión que estudie la conveniencia de hacer más selectividad o menos. ¿De verdad hace falta un ministerio para eso? Claro que no, por eso el ministro de Educación puede dedicarse a ser portavoz, que es la única manera de que trabaje un poco, porque ya se asume que los cambios que nuestro sistema educativo necesita tendrán que esperar tiempos mejores. Al igual que ha habido ministros sin cartera, la de Educación parece la cartera sin ministerio, esa que no se puede eliminar porque sería como reconocer públicamente el desinterés de nuestros gobernantes en la transformación y mejora del sistema educativo. Es de lamentar, porque la ministra Celaá ha demostrado mucho y bueno pero, como en todo en la vida… hay que querer.

La paradoja es que al final del día el ministro de Educación sea el que más hable, y lo haga de todo menos de Educación. De este modo, la pregunta que termina por surgir es una vez más la misma. Si está en la raíz de todos los problemas y soluciones ¿Por qué no hablamos de Educación?

By | 2018-09-17T11:22:19+00:00 septiembre 17th, 2018|Linkedin|

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